La Jornada Mundial de la Juventud, vivo reflejo del diálogo entre jóvenes y ancianos

(ZENIT – 23 oct. 2018).- El arzobispo de Panamá y presidente del Comité Organizador de la Jornada Mundial de la Juventud 2019, Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, ha ofrecido unas palabras en el acto de presentación del libro La sabiduría del tiempo, que recoge 250 entrevistas realizadas a personas mayores, principalmente por jóvenes.

En el encuentro, así como en el propio proyecto, han participado el Santo Padre Francisco, y el padre jesuita Antonio Spadaro, director de la revista La Civiltà Cattolica, promotor de la iniciativa.

La sabiduría del tiempo es un proyecto global para promover el diálogo entre jóvenes y ancianos, compartiendo sus experiencias de vida con el fin de que viejas y nuevas generaciones “caminen juntas”.

En la tarde del martes 23 de octubre de 2018, el prelado panameño ha compartido con el Papa y con todos los presentes su propio testimonio de esta experiencia: En Panamá “hemos iniciado estos espacios de diálogo, en el contexto de la preparación para la Jornada Mundial de la Juventud. Llamamiento lanzado por el Papa a los jóvenes al concluir la JMJ en Cracovia para que se dirijan hacia la JMJ de Panamá de la mano de los ancianos, de sus abuelos”.

En este contexto, Mons. Ulloa ha indicado que “la existencia de las relaciones intergeneracionales implica que en las comunidades se posea una memoria colectiva, pues cada generación retoma las enseñanzas de sus antecesores, dejando así un legado a sus sucesores. Esto constituye marcos de referencia para cimentar sólidamente una sociedad en el mundo actual”.

A continuación, ofrecemos el discurso del Arzobispo José Domingo Ulloa, en exclusiva de Zenit.

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Discurso del Arzobispo Ulloa

Beatísimo Padre, queridos mayores y jóvenes:

Quiero darles la bienvenida a este encuentro que es parte de la iniciativa de nuestro Santo Padre Francisco, para regenerar el diálogo entre jóvenes y adultos del mundo, que se hace cada más importante ante los desafíos actuales en la sociedad donde se impone cada vez más la cultura del descarte y se amplía la brecha generacional.

De forma paralela, también en nuestro pequeño istmo panameño, hemos iniciado estos espacios de diálogo, en el contexto de la preparación para la Jornada Mundial de la Juventud. Llamamiento lanzado por el Papa a los jóvenes al concluir la JMJ en Cracovia para que se dirijan hacia la JMJ dePanamá de la mano de los ancianos, de sus abuelos.

La existencia de las relaciones intergeneracionales implica que en las comunidades se posea una memoria colectiva, pues cada generación retoma las enseñanzas de sus antecesores, dejando así un legado a sus sucesores. Esto constituye marcos de referencia para cimentar sólidamente una sociedad en el mundo actual.

El auge del individualismo que caracteriza nuestras sociedades modernas no parece haber cuestionado la intensidad de los lazos intergeneracionales, ni la existencia de grupos familiares. La presencia de los vínculos intergeneracionales no es solo un vestigio de las sociedades anteriores o tradicionales, como se ha podido pensar, sino que sobre todo constituye uno de los impulsores actuales de la solidaridad. Que fomenta escenarios de encuentro, colaboración y aprendizaje entre generaciones.

La intergeneracionalidad es un medio y un objetivo en sí misma, que además garantiza la cohesión social y el desarrollo, a través del diálogo y la cooperación y sin excluir a nadie.

“Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños”. Joel 3, 1.Palabras que resonaron en la mañana de Pentecostés.

Ahora las hacemos nuestras, mientras avanzan los trabajos sinodales, mientras seguimos preparando con amor y alegría la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, en la que le esperamos con fe y con esperanza.

Es un versículo hermoso y sugerente porque alude a dos edades importantes del ser humano: la juventud y la ancianidad. Este texto nos ilumina para reconocer que la misión de la Iglesia es favorecer y acompañar los encuentros. La Iglesia es, por vocación divina, “tienda del encuentro” en la que conversan Dios y el hombre, la Iglesia y el mundo.

  1. Jóvenes que ven visiones, entendido como una juventud capaz de vislumbrar el futuro, un porvenir en el horizonte. Algo que solo puede completarse con la aportación sapiencial de los ancianos. Ya usted, Santo Padre recogía esta idea en su discurso el pasado marzo en la apertura de la Asamblea Plenaria de la Reunión pre-sinodal. “Vuestros ancianos soñarán y vuestros jóvenes profetizarán”, citaba así también al profeta Joel. Y a continuación usted explicaba de forma sabia el planteamiento: “Nosotros necesitamos jóvenes profetas, pero tened cuidado: nunca seréis profetas si no tomáis los sueños de los viejos. Es más: si no vais a hacer soñar a un viejo que está allí aburrido porque nadie lo escucha. Haced soñar a los viejos y estos sueños os ayudarán a seguir adelante. Dejaos interpelar por ellos”.

Es propio de la juventud todo lo dinámico, todo lo que se proyecta, pero es preciso clarificar qué es Visión. Visión es una expresión gozosa, da la sensación de frescura, de novedad, de algo que está destinado a llenar la vida. Necesitamos jóvenes visionarios, que vean con los ojos del corazón, que vean lo que puede llegar a ser la humanidad si ésta se atreve a vivir desde lo profundo y no desde la superficie. El mundo necesita la manifestación masiva de jóvenes apasionados, que no se dejen adormilar por los cantos de sirena del sistema establecido.

Es por ello que urge proponer a nuestros jóvenes y vivir con ellos verdaderas experiencias de humanidad y de divinidad, perder el miedo a ser humanos y a dejar que Dios sea Dios. El Hermano Roger de Taizé decía: “si a un joven le pides un poco quizá no te dé nada, pero si le pides mucho, te lo dará todo”. Quizá somos nosotros, los adultos los que no creemos en la capacidad visionaria de nuestros jóvenes, en su potencial para atravesar los acontecimientos, para ver lo que de verdad hay tras ellos. Esta falta de fe la pagamos caro, cuando no nos atrevemos a “encontrarnos” y hacer caminos recios con ellos, desde la hondura humana y divina.

Qué bello seríaque nuestra juventud pudiera ver visiones de Dios, de gloria, de esperanza. Seríabueno que a quienes ahora nos coronan las canas, signo del paso inexorable del tiempo, se nos concedierala dicha de ayudarles a ver con claridad la voluntad de Dios, el amor divino, la misma vida en esas visiones de esperanza que contrastan con el horrible espectáculo de un mundo dividido, de un panorama enrarecido, de una sociedad que yace en el espectáculo doloroso de sus frustraciones.

Ayúdenos, Santo Padre, a que la gracia del Espíritu nos permita ser portadores de la lámpara de la fe que ayude a quienes comienzan el camino de la vida, a quienes merecen que nuestro testimonio pueda ser parte de esa visión de vida y de esperanza que todos necesitamos.

Vemos con esperanza el Sínodo de Obispos que se desarrolla en estos momentos centrados en Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. El dinamismo y la participación de los jóvenes se ha hecho sentir; también ha sido unaescucha atenta de los padres sinodales. Se vislumbran nuevos tiempos protagonizados por los jóvenes, con el acompañamiento de la Iglesia y de los mayores.

  1. Ancianos soñadores. Vuestra Santidad y muchos de los que aquí estamos ya hemos recorrido un camino. Anhelamos que los jóvenes reconozcan con amor y agradecimiento, que los ancianos son la memoria de la humanidad. Antes las culturas valoraban con gozosa alegría la memoria histórica de los ancianos, pero hoy se diluyen en las nuevas tecnologías quepor una parte,tanto nos sirven y que por otra, muchas veces nos esclavizan.

La memoria del anciano no es solo cuantitativa sino sobre todo cualitativa. No son una enciclopedia de datos sino un tesoro de experiencias y en ellosno faltan cicatrices de heridas que enseñaron a vivir y huellas de caricias sinceras y limpias que enseñaron a amar. El anciano que, además, ha vivido ese recorrido vital y le ha permitido morir al ego, ha hecho transparencia del Ser esencial.

Ese anciano vuelve a ser un niño: nada teme, todo lo acoge, de todo se sorprende, la mirada de un anciano tiene algo que enamora, quizá porque es la mirada de quien está ya soltando las amarras finales y está más próximo a lo eterno y definitivo. La ancianidad nos regala algo que nos devuelve al niño que fuimos a la vez que permite emerger una nueva sabiduría. Por ello los ancianos han de poder soñar y nos han de poder explicar sus sueños.

  1. Jóvenes que sueñan, ancianos que ven visiones: Que los jóvenes aprendan a interpretar las visiones que el Espíritu despierta, para lo cual es necesaria la clave de los sueños realizados de nuestros mayores y la memoria sapiencial de quienes aprendieron a vivir, a veces desde las heridas, porque las cicatrices, vistas desde el mejor lado, son sueños rotos que sólo se curan con visiones de esperanza.

Un camino pastoral sin ancianos carece de algo importantísimo y nuestros ancianos sin jóvenes cerca, se sienten exiliados de las corrientes de la vida. Corresponde a la Iglesia propiciar el encuentro gratuito que favorezca la conversación. Porque conversar es acoger, es un modo de hospitalidad humana, es detenernos a vivir un rito de contemplación y de gozo; está abierto a las sorpresas y al misterio que mueve la conversación. No se programa; surge en cualquier momento.

Comola joven Rut cuidóasu suegra Noemí. Una opción libre, en la que empeñó la hondura de su amor, donde una tenía el conocimiento y la otra la juventud y la fuerza.

Nuestra sociedad necesita ancianos soñadores que nos encandilen con su saber, con su perspicacia, con su “nada que perder” que les hace prácticos y locos a la vez. Creo que es la vivencia de aquello que denominamos místico donde todo esto puede florecer.

Santo Padre: qué fortuna saber que Vuestra Santidad quiere combinar en su corazón la visión de los jóvenes a través del lente inefable de los sueños de los ancianos. En ese equilibrio de sueño y visión, ayúdenos a ver soñando. Y, antes de que nos diga “oren por mí” reciba la certeza de nuestras oraciones para que, al decir de San Agustín, siga siendo Obispo para nosotros y cristiano con nosotros.

© Arzobispado de Panamá

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3:31:00 p.m.

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