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lunes, 8 de octubre de 2018

Una lesbiana implora a los obispos del Sínodo que no se cambie la doctrina católica sobre la homosexualidad



Queridos obispos de la santa iglesia católica:

Cuando supe de los esfuerzos que están realizando los grupos pro LGBT que intentan persuadir a los obispos católicos para que cambien la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad, específicamente en el sínodo juvenil de este año, quedé devasstada.

Como alguien que no solo ha crecido en la Iglesia, sino que también ha llegado a amarla tanto a ella como a sus enseñanzas, odiaría que dichas enseñanzas se modifiquen de alguna manera, especialmente de una forma en la que se podría causar un daño tan enorme .

Por tanto deseo dejar al descubierto mi corazón y compartir con ustedes, queridos obispos de la Santa Iglesia Católica, parte de mi historia y de mis convicciones, y suplicarles que mantengan las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad como buenas, verdaderas y hermosas.

Soy una joven católica de 22 años que experimenta atracción por personas de mi mismo sexo. Mientras crecí, escuché muy poco, si acaso algo, sobre la homosexualidad, a pesar de que asistí a un escuela católica desde Pre-K hasta el grado 12.

Cuando finalmente acepté el hecho de que estaba románticamente interesada en otras mujeres, me aterroricé. ¡No sabía a quién recurrir, con quién hablar o si podía hablar de ello en absoluto! El miedo me paralizó en silencio por un largo periodo de tiempo.

A medida que pasaba el tiempo, comencé a aprender más y más sobre las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad y, durante algún tiempo, no las entendí. No estaba segura de lo que significaban las palabras «objetivamente» e «intrínsecamente desordenada», y la verdad sea dicha, tuve la sensación de que no quería saber. No fue hasta que tuve alrededor de 20 años que finalmente comencé a entender.

Admito que no me gustó lo que escuché, pero sabía que era lo que necesitaba escuchar.

Recientemente, encontré una cita del abad Jean-Charles Nault, O.S.B, que me habló mucho sobre la verdad. Decía:

«Para los filósofos de la antigüedad y para toda la tradición cristiana, la libertad es la habilidad que tiene el hombre, una habilidad que pertenece conjuntamente a su intelecto y su  voluntad, para realizar acciones virtuosas, buenas acciones, acciones excelentes, cuando quiera y como quiera. . La libertad del hombre es, por lo tanto, su capacidad para realizar buenos actos de manera fácil, alegre y duradera. Esta libertad se define por la atracción del bien».

Una y otra vez, escucharemos frases como «Sólo quiero la libertad de amar a quien quiera» de parte de la comunidad «LGBTQ». Este deseo es inherentemente bueno, cuando está correctamente ordenado.

El hombre solo es verdaderamente libre cuando puede elegir hacer lo que debe, no simplemente lo que quiere, porque las cosas que podemos desear no siempre son buenas para nosotros.

Yo quería involucrarme en una relación con alguien de mi mismo sexo. El deseo era abrumador a veces, hasta el punto en que no podía ver otra manera de pasar el día. Pero ahora sé, por las enseñanzas buenas y llenas de gracia de Dios a través de su Iglesia, que tal relación dificulta no solo mi libertad de amar auténticamente, sino también mi capacidad para alcanzar la santidad.

Yendo un paso más allá, estar en una relación así podría, en última instancia, impedirme pasar la eternidad con mi único amor verdadero, Jesús.

Mis queridos obispos, no hay nadie en esta tierra que no sea llamado a una vida de castidad; eso incluye a mis hermanos y hermanas que experimentan atracciones con personas del mismo sexo. Esto no es porque la Iglesia sea opresiva y quiera que seamos miserables y pasivamente sumisos a ella, sino porque todos y cada uno de nosotros estamos invitados a entrar en la vida divina de nuestro Creador, una vida donde ningún pecado puede permanecer.

El Catecismo declara, en el párrafo 2331, que «Dios es amor, vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen [...] Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión».

No solo se me debería de recordar que, como cristiana, estoy llamada a amar como Cristo nos amó, sino que también tengo la capacidad de hacerlo. ¡Soy capaz de un amor auténtico!

Decirme que mi cruz de atracción por el mismo sexo es demasiado pesada como para que la pueda amar cuando Cristo me llama a hacerlo, no es simplemente degradante; es también mentira. Dios no nos abandonó cuando el hombre pecó por primera vez en el principio, y no nos abandonará ahora.

Él me ha llamado a mí, y a todos y cada uno de nosotros, para sí mismo, y tengo la intención de volver a Él, sin importar cuán pesada sea mi cruz.

Como Cristo se acordó de mí en la cruz, les pido que se acuerden de mí y de mis hermanos y hermanas como yo, queridos obispos, mientras oran y discuten sobre cómo ayudar a los jóvenes en cuestiones de fe y vocación, especialmente en lo que respecta al tema de la homosexualidad.

Por favor, recuerden que, como Santa Teresa, la pequeña flor, mi querida patrona, dijo de foma tan grande: «Mi vocación es amar».

Suya en Cristo

Avera Maria Santo

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